martes 8 de noviembre de 2011

para Traveler

“vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó”
Borges. El Aleph.



Traveler, quizás si te escribo a modo de carta me salga algo mejor. ¿Qué más decir sobre esto? Lo hemos hablando tantas veces, hartas veces, harto tiempo ya. Y volver a Kundera y a pensar que lo que nos parece más acertado es que la confrontación última es con uno mismo.
No me soporto, no me soporto, a veces no me soporto. A veces no logro abordarme, abarcarme, decirme ni limitarme. ¿Dónde termino yo y empiezan los otros? No sé, es más prudente no hablar sobre los otros creo yo. Por eso la auto referencia, porque es lo único que uno puede sostener con cierta entereza. Porque de lo único que estoy segura es que soy, de lo único que puedo hablar es de lo que yo creo ser en mí y en los demás. Sin pretensión de universalización ni objetividad. Para qué, para qué. La objetividad se nos presenta demasiado lejos cuando no podemos sabernos, cuando apenas si nos vemos y reconocemos en nuestro nombre.
Y desde dónde nosotros, decime. Pero no nosotros, desde dónde uno. El interrogante es desde dónde uno. Comparto este diálogo entonces:
-¿Por qué hablás tanto de vos?
-Porque no sé hablar de otra cosa. No conozco nada de lo que son los otros, los otros cambian como cambio yo, pero cuando no los veo. Cuando no los veo cambian, se mueven, me dicen y se contradicen. No sé de ellos. Tampoco quisiera ya saberlo, ya no. Me han cansado con sus idas y vueltas, con sus idas y no vueltas. Entonces sólo me quedo yo. Saberme yo y no saberme, buscarme a mí y preguntarme por qué yo desde ellos, por qué no podría ser yo simplemente desde mi.
-Porque no, estamos condenado a los otros. No lo digo yo, ya lo han dicho con la puerta cerrada. Los otros son nuestra condena, no lo digo yo, no es una novedad. Es corroborar que aunque hemos querido escaparle a la sentencia; la sentencia está. Los otros están ahí.
Lo dijo muy bien Kundera:

“¿Qué nos queda cuando hemos bajado hasta aquí?
El rostro; el rostro que contiene “ese tesoro, esa pepita de oro, ese diamante oculto”, que es el
“yo” infinitamente frágil estremeciéndose en un cuerpo; el rostro sobre el que fijo mi mirada con el fin de encontrar una razón para vivir ese “accidente desprovisto de sentido” que es la vida.”

Kundera. El gesto brutal del pintor.